Dos argentinos en una usina de sueños

Espectáculos


Gastón Ugarte y Cati Grasso trabajan en Pixar, la gran fábrica de películas de animación, y fueron parte del filme Coco.  
Dos argentinos en una usina de sueños
Gastón Ugarte, un tucumano de 39 años, es el supervisor de Modelaje de Coco.
No existen las caras sin los esqueletos. Los esqueletos sin las caras. La vida sin la muerte. La película de animación Coco,ambientada en México, cuenta la historia de Miguel, un chico que sueña con ser músico. Pero su abuela, padres, tíos y hermanos harán todo para impedirlo. Miguel insiste. Un día “cae accidentalmente” en el Mundo de los Muertos. En semejante escenario (que incluye un musical estilo Hollywood protagonizado íntegramente por desopilantes esqueletos que cantan y bailan), esos secretos de familia, guardados por generaciones, salen a la luz.
Dos argentinos en una usina de sueños
Escultura de Abuelita, uno de los personajes de Coco.
En Emeryville, en las afueras de San Francisco, en California, burbujean las oficinas de Pixar, el estudio de animación más famoso del mundo. La compañía, ahora asociada a Disney, es el “esqueleto” de Coco, y tantas otros mega éxitos de taquilla. En este edificio construido en honor a Steve Jobs –que llegó a la compañía en 1985 tras un intervalo en Apple–, los empleados circulan en patineta, juegan al ping pong, al fútbol, van a clase de yoga, de baile y de pilates. En el parque con anfiteatro, se pasea una familia de gansos y, en la entrada, la clásica lámpara de dibujo de Pixar (pero de seis metros de altura) da la bienvenida con la luz encendida. Al cruzar la puerta, Woody y Buzz, los protagonistas de Toy Story, hechos en piezas Lego (17.200 Woody y 25.000 Buzz), también ofician de escoltas. Es imposible no sonreír y volver a sentirse niño.
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La gente dice: Ah, mirá donde trabajan. Pero a veces hacemos 80 o 90 horas por semana. Vivimos acá. Especialmente durante el pico de producción.
Gastón Ugarte
El espíritu Jobs. Lúdico y vanguardista, la impronta de Jobs sigue en este lugar. Gastón Ugarte, un tucumano de 39 años, se acerca a la mesa comunitaria del comedor. Bebidas, café y cereales son gratis. Gastón viste la camiseta del Barcelona, shorts y botines. Supervisor de Modelaje de Coco, es fanático futbolero y del club catalán. “Sigo al Barça desde que jugaba Riquelme. Me gusta su juego de toque”, avisa. Su equipo creó los escenarios de Coco. “La gente dice: ‘Ah, mira dónde laburan. Pero a veces hacemos 80 ó 90 horas por semana. Vivimos acá. Especialmente durante el pico de producción”, sonríe Gastón.
Dos argentinos en una usina de sueños
El director de Coco, Lee Unkrich (izquierda), da indicaciones a su equipo.
Estudió Diseño en la ciudad de Tampa, Florida, e hizo pequeños trabajos en diferentes puntos de los Estados Unidos. Llegó a Pixar en 2005. “Apliqué dos veces y no quedé. La tercera fue la vencida. Suena a cliché, pero lo que vale es insistir y tener amor por el oficio. También, algo de suerte. A veces es cuestión de estar en el lugar justo en el momento indicado. Podés ser brillante, pero quizás justo no estén buscando ese tipo de brillo. En general, la persona que llega a un lugar como Pixar, ya tiene la determinación desde antes. Por eso es difícil aconsejar”, puntualiza.
En su área se confeccionaron las esculturas 3D que se utilizaron en el rodaje de Coco. “Antes se hacía un dibujo y ahora se esculpe digitalmente”, explica. Apasionado de los cómics, de chico fue lector voraz de Asterix. Felipe Ugarte, su papá, le regaló la primera colección y dejó huella para toda la vida. Gastón también amaba a Condorito, Mafalda, Caloi y Quino. “Me encantaba dibujar mis cómics. Así empezó mi fanatismo por la animación”, asegura. “Hoy, con el portal digital en la palma de tu mano, accedés a más información y contenidos con mucha facilidad. Lo digital cambió todo. No es lo mismo un Messi en la era de hoy que un Messi de la era analógica. Incluso el artista puede estudiar animación on line y aprender sin necesidad de contar con un título universitario. Pero los alumnos están dejando de dibujar. Abandonan el lápiz. Lo veo en las universidades a donde voy a reclutar talentos para Pixar. No vas a poder escribir si no sabés primero las letras. El pilar fundamental de un artista, aunque sea digital, es el dibujo, la pintura, el principio del color”, advierte.
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Con 29 años, Cati Grasso, porteña, también integra el equipo de Modelaje de Coco.
Otra argentina, Cati Grasso, integra su equipo. Cursó la carrera de Imagen y Sonido en la Universidad de Palermo, donde se recibió en diseño web. “Al final de la cursada tuvimos unas clases de 3D. Vimos muy poco, pero el profesor me orientó por si yo quería expandir mi conocimiento. Entonces, me puse a hacer tutoriales y empecé a practicar después de mi horario laboral. En aquel momento hacía de todo para ganarme unos manguitos. Cualquiera cosa, lo que fuera. Al mismo tiempo, armé mi porfolio y lo mandé a Pixar. Pasé dos entrevistas. La primera era para hablar y que vieran cómo era yo como persona y la otra, mucho más técnica. Todavía no lo puedo creer. Todo lo que sea trabajo me divierte. Nunca se le dice que no a una oferta laboral, sobre todo cuando no hay tanta disponibilidad. Y mucho más al principio de la carrera”, se sincera esta porteña de 29 años.
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A alguien que recién empieza le diría que para cumplir los sueños siempre hay que resignar algo. Me costó bastante entenderlo. Dejé tiempo con mi familia y amigos.
Cati Grasso
Cati trabaja ocho horas diarias y se hace tiempo para aprovechar el “estilo Pixar”. Va a clases de escultura tradicional y de programación y software. Pero también a pilates y a baile, todo en este predio de sueños. “Trabajamos por objetivos. Mientras estés en las reuniones y tengas tu trabajo listo, podés hacer lo que quieras”, confiesa.
Antes de llegar a los Estados Unidos, participó en la Argentina de la película Metegol, dirigida por Juan José Campanella. Cati es consciente de que le gustaría difundir más la animación en nuestro país. “Allá existe mucha gente talentosa. Y tal vez no tienen los mismos medios que en Pixar”, suspira.
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Darla Anderson (productora), Lee Unkrich (director) y Adrián Molina (codirector) en la mesa de trabajo.
Sueña con dirigir su propio corto, extraña a sus amigas del barrio y del colegio, la forma de saludar de los argentinos y las empanadas. Pero vivir en los Estados Unidos no significó perder las costumbres. Cati se organiza para conseguir las tapas de empanadas y las hace en el departamento que alquila con su roommate americana y su novio argentino. “A alguien que recién empieza le diría que para cumplir los sueños siempre hay que resignar algo. Me costó bastante entenderlo. Dejé tiempo con mi familia y amigos. El esfuerzo valió la pena. También hace falta un poco de suerte. Tener ese timing. Y otra cosa fundamental en esta profesión: estar actualizado, porque la tecnología avanza muy rápido. Coco, hace algunos años, no se podría haber hecho con el mismo nivel que ofrece hoy.”
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Miguel y su perro Dante, protagonistas del filme Coco.
En las salas. Coco se estrenará en la Argentina el 11 de enero. La película permite varias lecturas. Por un lado, las aventuras, la acción y el humor. Por el otro, la belleza y las preguntas existenciales: ¿qué hay después de la muerte?, ¿cómo es el más allá?, ¿nos comunicamos con aquellos que se van?
Pero, además, Coco pone en primera plana las costumbres y tradiciones de México. Alonso Martínez está en el equipo de Diseño. Hijo de mexicanos, como muchos de los empleados de Pixar, contribuyó para diseñar unas criaturas fundamentales en la trama: los alebrijes. Las artesanías tan populares y coloridas en las calles de México toman vida y tienen poderes especiales enCoco.
“La película es una carta de amor a México”, destaca Lee Unkrich, el director, en un momento tan sensible en los Estados Unidos con su extrema política migratoria. “Empezamos a hacer Coco hace seis años en un contexto político muy diferente. La película no busca dar un mensaje político, pero es un momento interesante para lanzar esta producción. Hay una división muy grande en la sociedad y la narración puede ser una herramienta para abrirle la cabeza a la gente, para hacer que nos importe la vida de las personas que son diferentes. Con Coco ponemos sobre la mesa un tema que invita a pensar y a dialogar. La cultura mexicana es muy hermosa, con gente encantadora. Pasamos el mensaje de que diferentes culturas pueden convivir y aprender entre sí”, se sincera Unkrich, ganador del Oscar con Toy Story.
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Boceto de uno de los personajes de Coco.
En cuanto a los aspectos más existenciales de Coco, Unkrich también hizo su aprendizaje. “No sé si hay vida después de la muerte. Siempre prefiero aquello que se puede probar, pero trato de mantener la mente abierta. Muchos filmes bajan la idea de que existe un paraíso o un más allá. Nosotros tratamos de dejar abiertas ambas posturas. La muerte es parte de la vida. Aún así, hay otro aspecto fundamental enlazado en el filme. Y es que existe una segunda muerte: el olvido. Cuando alguien muere y nadie lo recuerda o puede contar su historia. De eso también trata Coco”, resume.
Mientras tanto, en una de las oficinas, un equipo de producción detalla cómo se trabajó en Dante, el perro estrella que sigue a Miguel en toda la película, literalmente con la lengua afuera. Cada ítem, por más pequeño que sea, como la lengua jadeante y divertida de Dante, demandó enorme producción y los efectos están a al vista.
De repente, en el microcine de Pixar, las luces se apagan. Las butacas son aterciopelas y mullidas. En el techo aparece un cielo estrellado. La obra está lista. Y los sueños recién comienzan.

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